En 1961, en el bar Versailles que funcionaba en Alvear y Callao, varias veces me indicaron que Macoco de Álzaga Unzué era ese veterano fortachón, de pelo engominado y raya al medio, que se reía con estrépito y a quien todo el mundo saludaba con simpatía. Lo rodeaba una mitología escabrosa de anécdotas que he olvidado.
Ahora, veo que ha merecido un libro. Me resulta de lectura francamente incómoda. Imagínense doscientas setenta y pico de páginas a lo largo de las cuales el autor no hace más que interrogar, lleno de gozo y de benevolencia, a un protagonista que corrobora cada afirmación y abunda sobre ella. Heredero de grandes estancias que iría vendiendo puntualmente, Macoco tuvo una vida de fiesta casi interminable en Europa y los Estados Unidos. Alentaba pasión por los autos y ganó varias competencias. Le enorgullecía ser el primer corredor argentino con un triunfo internacional: el Grand Prix de Marseille, en 1924.
Sus otras actividades -que narra encantado a Alifano- suenan a menos encomiables. Fue socio de Al Capone en el cabaret Morocco, de Nueva York. Y fue socio de Aristóteles Onassis en la delictiva faena de comprar barcos viejos, llenarlos de chatarra y hundirlos en alta mar para cobrar el seguro, alegando que la chatarra era material bélico para Estados Unidos,
Se declara amigo de una serie variopinta de personajes. Si vamos a creerle, era íntimo de Carlos Gardel, con quien compartió juergas, confidencias y la fragante intimidad de Perlita Greco. También de Juan Domingo Perón, quien le habría pedido que trajese a Ginger Rogers de visita a la Argentina. Le dio una "mano económica" a Francis Scott Fitzgerald, quien lo entrevistó para Esquire y acaso tomó rasgos de Macoco para El Gran Gatsby (¡). Howard Hughes lo eligió "casi compulsivamente" como socio, en la producción de Bulldog Drummond. Obsequió a Errol Flynn el famoso velero Zaca. Voló y bromeó con Saint-Exupéry. Se trató con Jean Cocteau y Paul Claudel. Tuvo largos -y asombrosamente tilingos- diálogos con Borges y Bioy Casares. Etcétera.
Y las "potrancas", como llamaba a las mujeres. Alifano pregunta deslumbrado quiénes fueron sus amantes, y él -desplegando una memoria nada caballeresca- generalmente asiente, a veces insinúa y en muy pocos casos niega, su vínculo con una legión de ya difuntas beldades del cine: Gloria Swanson, Mae Murray, Claudette Colbert, Mistinguett, Josephine Baker, Rita Hayworth, Dolores del Río -quien lo celaba con la Garbo-, Marlene Dietrich, por ejemplo. "Todo lo que hice en la vida o casi todo, los triunfos que logré, fueron para levantar mujeres" (página 32).
En cuanto a lo de "tirar manteca al techo", asegura que él originó la expresión, en París. Una noche se propuso acertar con un trozo de manteca en la pechuga de las valquirias pintadas en el techo del Maxim's, gracia que imitaron muchos concurrentes.
No sé si creo una mínima parte de estos "recuerdos" de Macoco. He leído incontables biografías y autobiografías de la farándula internacional, y jamás lo recuerdo mencionado ni de paso. Uno hubiera supuesto que tanta actividad en el jet set tuviera abundante registro fotográfico. Pero, de las imágenes que publica este libro, sólo en una posa con compañía femenina: Rita Hayworth. La que lo muestra detrás de Perón y Ginger Rogers, parece trucada.
Termino. En esta biografía de Macoco -que nació en 1901 y murió en 1982, empobrecido y solitario- , me fastidia la técnica del autor, y dudo fuertemente de la veracidad del contenido.
© LA GACETA
Ahora, veo que ha merecido un libro. Me resulta de lectura francamente incómoda. Imagínense doscientas setenta y pico de páginas a lo largo de las cuales el autor no hace más que interrogar, lleno de gozo y de benevolencia, a un protagonista que corrobora cada afirmación y abunda sobre ella. Heredero de grandes estancias que iría vendiendo puntualmente, Macoco tuvo una vida de fiesta casi interminable en Europa y los Estados Unidos. Alentaba pasión por los autos y ganó varias competencias. Le enorgullecía ser el primer corredor argentino con un triunfo internacional: el Grand Prix de Marseille, en 1924.
Sus otras actividades -que narra encantado a Alifano- suenan a menos encomiables. Fue socio de Al Capone en el cabaret Morocco, de Nueva York. Y fue socio de Aristóteles Onassis en la delictiva faena de comprar barcos viejos, llenarlos de chatarra y hundirlos en alta mar para cobrar el seguro, alegando que la chatarra era material bélico para Estados Unidos,
Se declara amigo de una serie variopinta de personajes. Si vamos a creerle, era íntimo de Carlos Gardel, con quien compartió juergas, confidencias y la fragante intimidad de Perlita Greco. También de Juan Domingo Perón, quien le habría pedido que trajese a Ginger Rogers de visita a la Argentina. Le dio una "mano económica" a Francis Scott Fitzgerald, quien lo entrevistó para Esquire y acaso tomó rasgos de Macoco para El Gran Gatsby (¡). Howard Hughes lo eligió "casi compulsivamente" como socio, en la producción de Bulldog Drummond. Obsequió a Errol Flynn el famoso velero Zaca. Voló y bromeó con Saint-Exupéry. Se trató con Jean Cocteau y Paul Claudel. Tuvo largos -y asombrosamente tilingos- diálogos con Borges y Bioy Casares. Etcétera.
Y las "potrancas", como llamaba a las mujeres. Alifano pregunta deslumbrado quiénes fueron sus amantes, y él -desplegando una memoria nada caballeresca- generalmente asiente, a veces insinúa y en muy pocos casos niega, su vínculo con una legión de ya difuntas beldades del cine: Gloria Swanson, Mae Murray, Claudette Colbert, Mistinguett, Josephine Baker, Rita Hayworth, Dolores del Río -quien lo celaba con la Garbo-, Marlene Dietrich, por ejemplo. "Todo lo que hice en la vida o casi todo, los triunfos que logré, fueron para levantar mujeres" (página 32).
En cuanto a lo de "tirar manteca al techo", asegura que él originó la expresión, en París. Una noche se propuso acertar con un trozo de manteca en la pechuga de las valquirias pintadas en el techo del Maxim's, gracia que imitaron muchos concurrentes.
No sé si creo una mínima parte de estos "recuerdos" de Macoco. He leído incontables biografías y autobiografías de la farándula internacional, y jamás lo recuerdo mencionado ni de paso. Uno hubiera supuesto que tanta actividad en el jet set tuviera abundante registro fotográfico. Pero, de las imágenes que publica este libro, sólo en una posa con compañía femenina: Rita Hayworth. La que lo muestra detrás de Perón y Ginger Rogers, parece trucada.
Termino. En esta biografía de Macoco -que nació en 1901 y murió en 1982, empobrecido y solitario- , me fastidia la técnica del autor, y dudo fuertemente de la veracidad del contenido.
© LA GACETA